|
Solía decir Gregorio Marañón
Por
Jack Benoliel
Solía decir Gregorio Marañón,
que el médico podrá olvidar muchas vivencias de
su vida estudiantil. Lo que no olvidará jamás es
la ceremonia de su “juramento”. Y podrá suceder
–y sucede-, que olvide el texto del juramento.
Pero la emoción vivida en el momento de hacerlo,
lo acompañará más allá del ejercicio profesional
de toda una vida.
Hay dos juramentos y una oración
del médico que han calado muy hondo a través de
los siglos. Y es oportuno traerlos al presente.
Los une la misma esencia; es decir, los tres
mensajes adquieren el símbolo de un compromiso
supremo. La inspiración de ese compromiso, se
llama “vida” y es que la vida será en el
transitar humano y profesional del médico,
obsesión, preocupación, y al mismo tiempo
apostolado.
El primer juramento fue el de
los Asclepíades. pre Hipocrático y que, con
algunos variantes, adoptara Hipócrates.
Transcribo su texto, por
considerar que los dos juramentos y la oración
mencionados más que un comentario crítico de su
mensaje, lo que realmente importa es el mensaje
mismo. Esto será más que una crítica, una
exaltación.
“Juro por Apolo el médico, y por
Esculapio, por Higeia y Panacea y por todos los
dioses y diosas.
Que de acuerdo con mis
capacidades y mejor discernimiento he de cumplir
con este juramento y con lo en él estipulado.
Que he de considerar a quien
me ha instruido en este arte como a mi propio
padre y como a tal he de amar y con él repartiré
mi hacienda y lo he de remediar en sus
necesidades siempre que para ello fuera
requerido.
Que he de mirar por sus hijos
al igual que por mis propios hermanos y he de
instruirlos en este arte, en el caso de que
quisieran aprenderlo, sin recompensa alguna ni
estipulación previa de ninguna clase.
Que por medio del precepto o
de la plática, o cualquier otra forma de
enseñanza, he de instruir a este arte a mis
propios hijos, y a discípulos constreñidos por
este juramento, según las leyes de la medicina,
pero a nadie más.
Que he de seguir la forma
de tratamiento que de acuerdo con mi mejor saber
y discernimiento considere mejor para beneficio
de mis pacientes, absteniéndome de todo aquello
que pueda ser peligroso o dañino.
Que no he de dar venenos
mortales a nadie, aunque para ello fuera
requerido, ni he se sugerir a nadie tal consejo.
Que he de vivir y
practicar mi Arte en pureza y santidad.
Cualquier cosa que viere u oyere, en la vida de
los hombres, que no deba repetirse, no lo he de
divulgar, teniendo presente que tales cosas
deben guardarse siempre secretas.
Que mientras guarde este
juramento inviolado me sea concedida una vida
feliz en la práctica de mi Arte, respetado de
todos los hombres en todos los tiempos. ¡Mas si
transgrediera o violara este juramento, que
todo lo contrario sea mi suerte!”
El juramento de Hipócrates,
fórmula de Ginebra, Asociación Medica Mundial,
reduce su texto y conserva su esencia, en frases
breves pero de hondo significado vocacional.
“En el momento de ser admitido
entre los miembros de la profesión médica me
comprometo solemnemente a consagrar mi vida al
servicio de la humanidad.
Conservaré a mis maestros el
respeto y reconocimiento a que son acreedores.
Desempeñaré mi arte con
conciencia y dignidad. La salud y la vida del
enfermo serán las primeras de mis
preocupaciones.
Respetaré el secreto de quien
haya confiado en mí.
Mantendré, en todas las
medidas de mi medio, el honor y las nobles
tradiciones de la profesión médica. Mis colegas
serán mis hermanos.
No permitiré que entre mi
deber y mi enfermo vengan a interponerse
consideraciones de religión, de nacionalidad, de
raza, partido o clase.
Tendré absoluto respeto por
la vida humana, desde su concepción.
Aún bajo amenazas no
admitiré utilizar mis conocimientos médicos
contra las leyes de la humanidad.
Hago estas promesas
solemnemente, libremente por mi honor.”
Finalmente la oración de Moisés
Ben Maimón (Maimónides) nacido en 1135 y muerto
en 1204, textualmente dice: ¡Oh, Dios! … llena
mi alma de amor por el arte y por las
criaturas. No permitas que la sed de dinero y
de gloria influya en el ejercicio de mi arte,
pues los enemigos de la verdad podrían acusarme
y alejarme del noble deber de hacer el bien a
tus hijos.
Sostén la fuerza de mi corazón
para que esté siempre pronto a servir al rico y
al pobre, al amigo y al enemigo, al bueno y al
malo. ¡Haz que sólo vea al hombre en el que
sufre!
Que mi espíritu esté alerta
junto al lecho del enfermo, que ningún
pensamiento extraño lo distraiga para que tenga
presente todo lo que la ciencia y la experiencia
me han enseñado.
Haz que mis enfermos tengan
confianza en mí y en mi arte y que sigan mis
consejos y prescripciones.
Aleja de su lecho a los
charlatanes, al ejército de parientes de los mil
consejos y de los enfermeros que siempre lo
saben todo, pues todos son peligros que por
vanidad hacen fracasar los mejores intentos del
arte y llevan a menudo a la muerte a las
criaturas. Si los ignorantes me critican y se
burlan, haz que el amor de mi arte, como una
coraza, me haga invulnerable para que pueda yo
perseverar en la verdad sin consideraciones por
el prestigio o la edad de mis enemigos.
Préstame, Dios mío,
indulgencia y paciencia para con los enfermos
caprichosos y groseros. Haz que sea moderado en
todo pero insaciable en mi amor por la ciencia.
Aleja de mí, ¡Oh Dios mío!,
la idea de que todo lo puedo. Dame la fuerza, la
voluntad y la ocasión de ensanchar más y más mis
conocimientos”.
¿Qué tienen de común los dos
juramentos y la oración que transcribimos?
Los tres textos tienen como
patrón y símbolos insoslayables la ética,
rescatando la mística que durante dos siglos y
medio, la medicina representa a través de sus
cultores, los médicos.
El centro de las promesas
comprometidas está en el respeto a Dios, a la
vocación, a la entrega integral al paciente y a
los valores que caracterizan a las acciones
humanas.
|