HISTORIAS DEL HOSPITAL CENTENARIO
Los fervores del centenario

 

por Rafael Oscar Ielpi

 

María Sáenz Quesada sintetiza acertadamente el panorama de la Argentina del Centenario:
"Cuando la República Argentina festejó sus cien años de vida independiente, el 25 de mayo de 1910, podía decirse que el orgullo nacional había alcanzado su punto más alto. El país era uno de los primeros exportadores mundiales de granos. Su crecimiento fabuloso en los últimos treinta años despertaba la curiosidad de políticos, intelectuales, periodistas, sociólogos e inversionistas extranjeros...
Los festejos del Centenario hicieron época; no se reparó en gastos: agasajos a los invitados especiales, fiestas populares y privadas, desfiles y revista naval. Congresos, exposiciones de arte, conferencias y publicaciones fueron el lado intelectual y artístico de esta celebración. Con ellas culminaba un siglo de esfuerzo por construir el país a partir de la modesta instalación de su Primera Junta de gobierno, el 25 de mayo de 1810."

 

Los actos en Rosario no fueron, por supuesto, tan rimbombantes como en Buenos Aires, donde el presidente Figueroa Alcorta encabezó un banquete en la propia Casa de Gobierno para 122 selectos invitados, entre ellos casi todos los integrantes de las delegaciones oficiales extranjeras llegadas para el festejo, con la Infanta Isabel incluida, y donde entre desfiles militares, una manifestación de universitarios que ocupaba 15 cuadras, y fuegos artificiales, se recordaban los cien años transcurridos desde aquel lluvioso día en que los vecinos de Buenos Aires se acercaron al Cabildo para saber de qué se trataba...

Algunos de aquellos actos oficiales rosarinos tuvieron un interés adicional: señalaron el inicio de varias de las grandes obras e instituciones de la ciudad. Fue durante la Semana de Mayo, por ejemplo, cuando se coloca la piedra fundamental del proyectado gran centro de salud que Rosario demandaba por entonces: el que luego sería el imponente Hospital Nacional del Centenario. La revista Monos y Monadas cuenta los pormenores de la ceremonia en la que habló Cornelio Casablanca, uno de los impulsores. Hubo bendición del Padre Grenón y un coro de 5 mil niños que cantaron el Himno Nacional en la Plaza 25 de Mayo. El proyecto del Hospital, como el de la Biblioteca Argentina, la Asociación “El Círculo”, presidida por Vila Ortiz y otras instituciones, no hacía otra cosa que encabalgarse en la fiebre de hacer que movió al sector privado de la ciudad a la generación de obras perdurables. No extrañaría ello en una ciudad como Rosario, donde al empuje no oficial se debieron, antes de 1910, otros emprendimientos relevantes como el Hospital Italiano, el Hospital Español, etc.

La idea de construcción del Hospital Centenario había surgido en vísperas del aniversario de los cien años de la Revolución de Mayo, tomando la iniciativa y comprometiéndose a recaudar los fondos necesarios el gerente del Banco Español del Río de la Plata, el citado Casablanca, por cuyo impulso se creó la Junta Pública Pro Hospital, que él mismo presidía y que era una verdadera constelación de apellidos reconocidos de la alta burguesía mercantil: Lisandro de la Torre y Martín de Sarratea como vicepresidentes; José Castagnino y Angel Muzzio como tesorero y protesorero, Osvaldo Rodríguez y Luis Colombo como secretarios y Ciro Echesortu, Santiago Pinasco, Juan B. Quintana, Emilio D. Ortiz, José García González, Fernando Pessán, Enrique Astengo y Eduardo Rosemberg como vocales.

A las primeras reuniones en el Jockey Club, a mediados de abril, seguiría una asamblea de vecinos (casi todos notorios, ciertamente) que se llevó a cabo el 6 de mayo de 1910 en el Club Social, en la que aquellos miembros de la llamada clase principal de la ciudad coincidirían en afirmar:

Los ricos tienen una función que legitima las diferencias de fortuna y deben demostrar que son dignos del envidiado lugar que ocupan. Entre una obra puramente artística y otra que, sin excluir el arte, fuere a la vez de beneficencia, enseñanza científica y utilidad inmediata, nos quedamos con lo segundo...

El propósito de legar a la ciudad una donación digna del centenario logró entonces una hoy añorada unanimidad: levantar, merced al aporte económico privado, simultáneamente un hospital, una escuela de medicina y un policlínico de grandes dimensiones.

Al poco tiempo Monos y Monadas consignaría que “es increíble el éxito de suscripción pública para levantar el gran hospital, comentando la designación de una comisión asesora de médicos (“distinguidos e ilustrados” afirmaba el semanario, y también de prestigio en la ciudad) encargados de informar sobre los aspectos técnicos de la colosal obra: Bartolomé Vasallo, Camilo Aldao, Clemente Alvarez, José Sempé (ex director de la Casa de Aislamiento y uno de los primeros y más entusiastas propulsores de la construcción de un gran centro de salud), Jerónimo Vaquié, Saturnino Albarracín, Domingo Mangiante, Luis Vila, Federico Schleissinger y Enrique P. Marc.

La revista dejaba constancia de que: “tratándose de un hospital de cuatro manzanas, vienen ahora los puntos más complicados, como determinar cómo se distribuirán los numerosos pabellones aislados, además del edificio de la Escuela de Medicina anexa que se creará”.

La suscripción, mientras tanto, había conseguido reunir, apenas iniciada, 740 mil pesos, que ascenderían a 1.650.000 muy poco después, a lo que se sumarían aportes provinciales y nacionales que hicieron factible el comienzo de los trabajos de construcción, de acuerdo al proyecto del arquitecto francés René Barba, a quien secundaba un prestigioso médico, el doctor Tomás Varzi.

Tampoco se privaban de hacer su opinión los médicos de la ciudad, aun apelando al anonimato, como un “Doctor X” que en La Capital del 15 de mayo de 1910 proponía: “Deben construirse pabellones separados y ventilados, aireados, con buena luz y sol, separados unos de otros por una distancia doble a su altura...”, señalando como modelos a los policlínicos San Mauriziano de Turín, Boucart de París, y los de Berlín y Roma, por entonces los más renombrados de Europa.

El mismo diario, poco antes, se había enrolado entre los auspiciantes del proyecto aun preocupándose por el futuro de semejante edificio, una vez construido el mismo: “La magna idea de conmemorar de forma perenne nuestro Centenario con la construcción de un Hospital Modelo, que debe ser la aspiración de los iniciadores y del pueblo en general, coloca sobre el tapete una cuestión de actualidad. Debe tenerse en cuenta, decía La Capital, “la construcción, conservación y mantenimiento del futuro hospital, indicando un cuadro de conjunto y recordando los elementos que deben concurrir para el bienestar de los enfermos que a la enfermedad unen la pobreza, entendiendo que la idea dominante es levantar un hospital para pobres...”

Agregaba el diario fundado por Ovidio Lagos: “Dicho hospital tendrá un programa de aproximadamente 300 camas divididas en dos servicios (hombres y mujeres); dos servicios de cirugía, un servicio de medicina para niños; uno de oftalmología, uno de piel, sífilis y venéreas; uno de laringología y uno de vías urinarias. Si el terreno se prestase, por su extensión, podría construirse un pabellón aislado, para tuberculosos. Honraría a la ciudad este hospital.”

Las obras, en rigor de verdad, comenzarían recién en 1913, y La Capital dedica entonces un largo artículo al asunto, con una fotografía de las obras. Pero la crisis que devino como corolario de la Primera Guerra Mundial provocó cada vez mayores retrasos en su marcha. Fueron subsidios provinciales y nacionales los que posibilitaron que el proyecto (que en principio parecía una utopía motorizada por el sector privado) terminara finalmente en realidad, a lo que debe sumarse una importante donación de Adolfo Rueda, fallecido en 1918, que permitió completar los fondos necesarios para la construcción de la mayor parte de los pabellones planificados.

El Centenario (como se lo denominaría popularmente) sería reflejo, entonces, de ese fervor de Mayo de 1910, que iba a impulsar, como nunca antes ni después, a los rosarinos que podían aportar parte de sus excedentes económicos o sus rentas, a aportar a la comunidad algunas de sus obras y entidades más prestigiosas. Una decisión que, transcurrido casi un siglo, los honra más allá de sus ideologías y se constituye en un ejemplo que, de ser imitado hoy por quienes más tienen, posibilitaría sin duda la concreción de proyectos igualmente importantes para una comunidad y una ciudad que los sigue necesitando.

 

 
 
 
 

 

 
 
 

 

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