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Las hepatitis
virales en el aniversario de su cuarta década
Prof. Dr. Hugo Tanno
La corta historia en el conocimiento de las
hepatitis virales comienza cuando al promediar
la década del sesenta se reconoce por primera
vez uno de los agentes etiológicos responsables
en el hombre: el virus B (VHB)
A partir de entonces, durante los treinta
años siguientes la preocupación médica estuvo
centrada en reconocer nuevos virus. La lista de
los patógenos pareciera haberse limitado a los
que se identifican con las cinco primeras letras
del abecedario, ya que las reiteradas tentativas
de los biólogos moleculares en descubrir nuevos
agentes se ha visto frustrada en estos últimos
años. En la actualidad son tibias las
intenciones en buscarlos, ya que fueron muchas
las desilusiones vividas al no encontrarse
injuria hepática en los últimos virus
propuestos. Resultante de ello fue el alto
precio que pagaron las empresas farmacéuticas en
el desarrollo tecnológico utilizado para las
investigaciones que llevaron al descubrimiento
del virus G de la hepatitis (VHG) y el virus
transmitido por transfusiones (TTV).
Por contraste en estos últimos años ha
crecido el conocimiento de los ya identificados,
siendo útil hacer una reflexión sobre este
aprendizaje.
El sistema inmune muestra su eficiencia al
detectar el virus, destruir la célula infectada,
y formar anticuerpos bloqueantes que condicionan
la inmunidad por vida del individuo infectado.
Desplaza este concepto la idea de injuria viral,
reconociendo al propio sistema de defensa como
factor determinante, tanto en la magnitud del
daño como en la posibilidad de cura. Todos los
virus hepatotrópicos tienen una estrategia común
en su infección en el humano: perdurar y no
matar.
El hígado es un órgano blanco para que los
diferentes agentes virales puedan desarrollar su
intención de perdurar, existiendo algunas
condiciones que lo favorecen:
a)
Es la víscera sólida de mayor capital celular
del organismo, cuya perfusión está dada por una
doble irrigación, que dificulta el daño por
inmunocomplejos antígeno-anticuerpo.
b)
Se encuentra estratégicamente ubicado para
recibir en condiciones fisiológicas un constante
turismo antigénico (bacterias y virus) del área
esplácnica.
c)
Es un órgano llamativamente tolerogénico en
comparación con otros. Prueba de ello es la
cantidad de interleuquina 10, citoquina que
inhibe la respuesta inflamatoria, que supera la
producción de otros órganos de la economía.
La suma de estas razones hace que el hígado sea
una residencia ideal para aquel virus que
pretenda inmortalizarse en el huésped infectado.
Los virus más simples, con ingenuas estrategias
y sin capacidad de mutación, como el virus A (VHA)
y el virus E (VHE) fracasan en su intento, sin
lograr el objetivo de prolongar su residencia en
el huésped. En ciertas ocasiones pueden
encontrarse con huéspedes cuya respuesta
inmunológica exagerada los desaloja a expensas
de una gran necrosis. Este tipo de respuesta
puede dar lugar a formas fulminantes.
Este concepto desplaza la idea de
agresión del virus, por injuria producida por el
propio sistema de defensa.
Dejando de lado al virus D (VHD) cuyo
protagonismo va disminuyendo en el mundo al
reconocerse su dependencia con el VHB, son este
último y el VHC los que despiertan mayor interés
para su estudio. Esta vocación es compartida por
los médicos que los investigan, los pacientes
que les temen y la industria farmacéutica que
destina importantes inversiones para el
desarrollo de nuevas drogas para su tratamiento.
Si bien la estrategia de ambos es
diferente, la filosofía de cronificarse les ha
dado resultado, ya que cientos de millones de
infectados en el mundo son su mejor evidencia.
El VHB ha visto frustrado su objetivo de
perdurar en la transmisión horizontal en el
adulto, ya que el sistema inmune lo detecta con
una buena respuesta de la inmunidad innata y con
una función adecuada de las células dendritas
favoreciendo de esta forma una eficiente
respuesta de la inmunidad adquirida. Por el
contrario con la transmisión vertical logra
cronificar en más de un 95% de los recién
nacidos infectados de madres portadoras. Para
cumplir con este objetivo el VHB desarrolla una
proteína (antígeno e) de bajo peso molecular que
atraviesa la placenta y pasa al feto, induciendo
una inmunotolerancia que impide el clearence
viral en el recién nacido.
El VHC en cambio, ha pergeniado en el
tiempo una serie de mecanismos por medio de los
cuales consigue perdurar en el huésped infectado
con mayor eficiencia. Desde su ingreso en la
célula hepática las proteínas virales inhiben la
respuesta de las células NK produciendo un
defecto en la inmunidad innata. Asimismo
disminuye la activación de las dendritas y con
ello condiciona un déficit en la respuesta de la
inmunidad adquirida. Esto le permite no
solamente aumentar su replicación, sino que por
la rapidez con que la hace, induce la formación
de mutantes (quasiespecies) que favorecen su
escape y hace ineficiente al sistema inmune en
la formación de anticuerpos bloqueantes.
Como consecuencia de esta estrategia el
sistema inmune deficitario en su respuesta,
favorece la evolución a la cronicidad en la
mayoría de los individuos infectados.
Recientemente se ha visto que el VHC induce por
un lado mecanismos de apoptosis, pero
paradójicamente por otro los inhibe,
favoreciendo de esta manera su permanencia en la
célula. Es esta condición que hace que en la
evolución a la cirrosis se favorezca con el
tiempo el desarrollo del hepatocarcinoma.
Este cambio en la interpretación de las
enfermedades hepáticas causadas por virus ha
modificado radicalmente su enfoque terapéutico.
El peligro de las formas fulminantes
solo disminuirá al difundirse en el mundo las
vacunas para el VHA y VHB. La evolución a la
cronicidad en el VHB también está condicionada
al uso de la vacunación en el recién nacido.
Mientras tanto millones de pacientes
crónicamente infectados esperan el recurso de
nuevas terapéuticas cuyo objetivo final es la
erradicación de ambos virus. Esta es por ahora
más probable de conseguir en el tratamiento del
VHC. El menor éxito conseguido en la
erradicación del VHB, contrasta con las
expectativas generadas en el estudio de nuevas
drogas destinadas a disminuir la replicación
viral.
En la entrada a la quinta década, el
optimismo resultante de logros conseguidos en
los últimos años de investigación, permite
vislumbrar un futuro promisorio para nuevas
terapéuticas. |