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La relación médico paciente en la Medicina
actual
Prof. Dr. Hugo Tanno
La relación entre el médico y el paciente es
un vínculo indispensable para la práctica
médica. Hipócrates decía que la medicina se
dividía en filia, diagnóstico, pronóstico y
tratamiento. Además sostenía que sin la filia no
se podía realizar el resto de la actividad
médica. Filia era la relación médico-paciente.
En el curso de los siglos el médico fue
cambiando su disfraz, entendiendo por éste su
actitud ante el paciente. En los inicios de la
medicina el médico necesitaba disfrazarse de
brujo , de esta forma ocultaba la ignorancia con
la magia. Tiempo después la religión asumió un
rol protagónico en la cura del paciente. El
galeno adquiere entonces la mística que el
disfraz de sacerdote le transfiere,
caracterizando al oscurantismo que por siglos
detuvo el avance de la ciencia.
Recién en el siglo XVIII comienzan a
edificarse los cimientos que luego consolidaron
la medicina moderna y es a fines del siglo XIX
donde se afianza la imagen del médico,
reconociéndose en él una figura respetada y
dominante pero con un neto perfil paternalista.
El impacto tecnológico del siglo XX
revoluciona al conocimiento médico, perdiendo el
mundo su capacidad de asombro. Así se logra
ponerle remedio entre otras enfermedades a la
tuberculosis y a la sífilis, conocer los
antibióticos, descubrir las diferentes vacunas
que permiten prevenir enfermedades, para
finalmente concretar la utopía de reemplazar
aquellos órganos que disfuncionan. La biología
molecular, la ingeniería genética, el uso de las
imágenes aplicadas al diagnóstico y los nuevos
métodos quirúrgicos hacen a la terapéutica más
eficiente, reduciendo su morbi-mortalidad.
Estos aportes y el acceso a la informática
llevaron a un cambio en la actitud pasiva del
paciente de escuchar y obedecer, para
preocuparse y demandar del médico el ser
informado de la enfermedad que lo aqueja.
Al adquirir el médico mayor conocimiento en
el manejo su arte, gana en seguridad pudiendo
entonces dejar de lado aquella actitud solemne
que ponía distancia, que ayudaba a ocultar su
desconocimiento para utilizar aquella que más le
corresponde: el ejercicio de su humanidad.
Sobran las razones que reclaman la actitud
humanística del médico, cuyo resultado es la
mejor relación con el paciente. Sin embargo es
dudoso que el modelo del médico humano sea
universalmente impuesto. Es probable que las
dificultades para su ejercicio sean diferentes a
lo largo de la geografía del mundo.
En los países industrializados el desarrollo
tecnológico asociado al importante rol de la
enfermera son variables que impactan en la
actividad del médico pareciendo interponerse en
la relación entre el médico y el paciente. En
cambio la poca remuneración profesional, la
gerenciación de la salud y la consecuente
diversificación del acto médico son realidades a
considerar en países en desarrollo.
Todas estas razones que se dan en la
globalización del mundo explican, pero no
justifican que el médico no exhiba en los
hechos, una mejor relación con el paciente.
A lo largo de la vida cada uno de nosotros
tiene la posibilidad de observar la conducta de
aquellos que ejercen por su cargo o por su
predicamento el rol de maestros. Existen los que
siendo un modelo positivo influencian con su
ejemplo, otros en cambio lo son al poner en
evidencia que es precisamente lo que no se debe
imitar (modelo negativo).
La buena relación con el paciente exige
escucharlo, entenderlo, contenerlo y ayudarlo.
La palabra del médico es tan importante y
necesaria, como el silencio que se le debe
otorgar al paciente en la entrevista. Eso es
humanidad. La retribución que de él recibe es el
afecto que robustece el vínculo. Si uno es
querido por sus pacientes es, más allá de su
eficiencia en lo profesional, porque ha
proyectado la imagen de ese ser humano que el
enfermo implícitamente reclama.
Si se favorece esta práctica las horas de
trabajo pesan menos, el buen vínculo estimula el
humor y la filia preserva la salud.
Es poco probable imponer el modelo del médico
ideal ya que éste simplemente se sugiere, pero
se puede argumentar que el lograrlo contribuye a
nuestro propio bienestar: en la vida la
felicidad no reside en hacer lo que uno quiere
sino en querer lo que uno hace. El
resultado final es disfrutar y gozar por lo que
hace. Sería imposible concretar esto último si
no se cultivara la tantas veces invocada
relación médico paciente. |